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Alguien esperaba, al fresco de una noche cualquiera, sentado en un banco de roble palentino, a que le diesen, por lo menos, las tres de la madrugada para irse a casa. Aunque no lo pareciera por su actitud, tenía que mantener una reputación imperturbable en esa noche de insectos. Esa noche en la que, estaba derrotado por el sueño y por el hambre de esos cientos o miles de patas de bichos que se deslizaban hacia la secreta complicidad de una feroz batalla, y que sentían caer sus cuerpos espeluznantes y desmenuzados sobre la mesa. Asimismo, sentía cómo caía igualmente su cuerpo maltrecho. Ese cuerpo que debiera proteger al universo de toda perturbación ajena. Ese que se deshacía entonces por la fe y por las circunstancias que movían las voluntades y las montañas. Ese que era agradable contemplarlo desnudo y apuntillado por un angustioso sueño totalmente vacío de utensilios y de enseres para vestir la casa y a los invitados, que llegaban con sus invencibles pensamientos y esperanzas de que les dieran de comer. Digo que, ese cuerpo vacío ni me protegía, ni me besaba, ni me amortiguaba del golpe con su acorazada espuma inexistente, ni me despeinaba, ni me despertaba, ni me despuntaba de sus casualidades. Sus brazos no me acogían en su seno. Ni mis labios eran capaces de sentir el calor de sus labios.
