La oscuridad de las miopes
ausencias.
Aquella vida era para ella una peregrinación al santuario
de sus amores.
Pío Baroja
—La mayoría de las veces,
necesito una pastilla para dormir y otra más para despertar —comentó con aires
solemnes de primera dama, y todo ello, a la vez que escuchaba las voces y los
gritos de la gente, y de Dios, y de todo el que, a primera hora, sin que
pudiera fingir emociones fuertes como el orujo que calentaba el estómago del
frío de la nieve que caía, la destemplase. No era necesario que, alrededor de
su figura, el mundo dejara de tocar sus narices y de sonar en un ensordecedor
barullo. Los platos, los vasos, las copas de champagne y las cucharillas de
postre y de café tintineaban desde el elegantísimo servicio de una boda. En
parte, la odiaba; en parte me daba envidia. Una envidia tremendamente malsana,
y sin cuidar. Sí, sí, más que nada sentía esa envidia porque ella jamás había
tenido en frente de sí ninguna clase de problemas para mantener una
conversación fluida con cualquiera de los príncipes seleccionados para pasar
modas en las pasarelas de El Corte Inglés, los domingos por la mañana. Los años
largos como los misterios, esos que se perdían entre las horas y los días de
estudio en los colegios privados, esos días en los que parecía que nunca
tuvieran fin, la proporcionaron, además de muchos moretones de cuello para
abajo por la cantidad de golpes recibidos en el culo
y en los brazos y en las palmas de las manos para introducir en su cabeza todas
las letras y los números y las fórmulas químicas y secretas para la
continuación parcial de la especie, una educación exquisita y refinada, una muy
capaz de hacer que pudiese hablar en más de tres idiomas con quien le viniese
en gana. Yo no aprendí nunca a mantener con la gente una conversación medio
fluida, ni siquiera una conversación entre los ojos intrascendentes del argot
del barrio. No, ni con aquella chica en la que, al pensar continuamente, no me
dejaba enganchar el sueño, y me tenía que masturbar. No, ni mucho menos fui
capaz de hilvanar jamás preguntas concretas de cómo estaba o venía el tiempo. Y
sonaban las tazas y los platos de la sopa. Y sonaban los cuchillos para la
carne y el pescado. Y por encima de todo ello, aún se podía escuchar el rumor
de las conversaciones importantísimas sobre las temperaturas a las que era
preciso servir los vinos. Así mismo, de fondo, ciertamente, todavía se
conseguían sobreentender, reales, las comandas que gritaban las camareras
jóvenes y atractivas que tan grácilmente contoneaban sus cuerpos entre las
mesas. "Tres descafeinados con agua", "Un solomillo al punto,
con ensalada, y no con patatas fritas". "Un helado de
chocolate". "Me faltan dos primeros para la mesa cuatro y un pollo
asado para la dos". —¡Sí! ¡Sí! Dos pollazos, con guisantes de mi huerta,
te dejaba yo que me dieses tú a mí de propina. Camareras que se distinguían,
—ya te cuento—, ¿cómo no?, más que por otra cosa, por exhibir descaradamente
sus larguísimas piernas, y sus rostros de líneas estilizadas, limpias, puras y
tiernas con unos ojos azules como el horizonte
de algún verano que continuase detrás de la raya negra de las pestañas y del
cielo, y unos pies finos exfoliándose dentro de la arena, y unas manos
delicadas, y una ilusión por construir en sus cabezas con materiales reciclados,
y con los deshechos del edificio de la telefónica, así como con todo lo
desconocido de aquellos muros de las casas de la nostalgia, de esa cronología
que era mucho peor que apuñalar sus sentimentalismos, esos que nunca dejaron de
ser, con sus insuficiencias, y sus disquisiciones y sus muchas infidelidades,
cualquiera de los mundos y de los remordimientos, de todas muestras impotencias
y nuestros miedos. —Seguro que el Epi había conseguido Centramina —era lo
primero en lo que había pensado cuando sentí que me hundía totalmente; voy a ir
a ver si me regala alguna para volar un rato hasta sentir el calor del
hemisferio subtropical. No, mi oscuridad, lo mismo que esa de las miopes
ausencias, o, esa que iba con las miradas infinitas, nunca fue algo que se buscara
ni que se encontrara entre las distancias inmensas de los ojos azules que se
pendían atrapados dentro de cualquier mentira llorosa. Esa, la que casi se me
evapora poco antes de llegar a tocarla. Fuera del local, hacía frío, y mientras
sonaban las doce en el reloj de una iglesia cercana, yo paseaba mundo arriba y
mundo abajo, esperando que concluyeses su jornada.