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Esas celebraciones entre las intrigas eran como esas luces salteadas al lado de
cualquier explicación poco o mucho honorable en la fiesta que daba el mundo por
su cumpleaños. Era como si se le hincharan las venas hasta ponerse azules y
llegaran así, casi hasta reventar, por el jolgorio que se armaba en aquellos
deleitosos instantes. Aquellos se deslizaban sobre la porquería del solar
abandonado. Mientras se vestían pantalones de tergal, oficiaban el festín. Este incluía todos los significantes de las voces irredentas y de las acciones inoportunas, con su gusto dulzón y muy bien contado. Esas que, puestas unas
al lado de las otras, nunca dejaban de joder. Y si acaso lo hacían, era porque
el llanto en ellas se transformaba en una isla, o en el mar de un sueño, o en
el corazón de las muchachas melancólicas, esas, las que dijeron los críticos
que eran iguales a todos los aireados personajes de Chéjov. Sí, claro, las
mismas que se conformaban con nadar en el agua turbia del lago de los cisnes
admirados.
Sí, allí seguía estando vigente la impaciencia y se continuaba manteniendo viva
la amabilidad de los encuentros del mundo a plena luz, y delante de tantas
miserias, causadas por los incendios provocados a primera hora, con sus llamas
destructivas y sus quemaduras de primer orden y, con sus cien mil pensamientos
abrasivos o magentas, y todo ello sucedía a la vez que se iban reconstruyendo
para las siguientes incredulidades junto a los viejos nidos; las nuevas polladas
de aves carroñeras, esas donde, aumentando el tono y la paciencia de cualquier
dulce inventiva, y de alguna ácida abstinencia, esas donde había seres muy
cabales, y había noches excesivamente oscuras, y había momentos que excedían
con sus gritos las visiones de cualquier ángulo esquinado, en ese lugar en el
que se movía y pululaba su vida de araña, y su techo blanco agrisado,
contemplándose como si no sonase a lunes en el interior de cualquier lata vacía
de conservas para el martes, igual que si ya nos estuvieran aturullando entre
todos los ecos fluyentes de los miércoles, lo mismo que la seducción de
cualquier realidad asfixiante y depurada de antiguas angosturas a las puertas
de un viernes con ropa interior planchadita para el desmadre que ya se
imaginaban que iba a disfrutar en la fiesta.
Pero no. No pienso extenderme comentando las dudas que me causaban estos
enredos de faldas a los que llegaba y en los que me desvanecía antes de morir
en cualquiera de sus reflexiones. No, ni siquiera la distancia de ese dolor en
la cara, tan minúsculo como ausente, y tan parecido a la devoción del misterio
incrustado en la piel que me atormentaba por no poder controlar mis negaciones,
y no sé, pero acaso por un instante pudiera entenderse que hubiéramos cogido el
sida, y desde el soplo de cualquiera de las espesuras presentes, tuviésemos
sospechas de que nadie iba a levantar un acta oficial durante nuestra ejecución
posible, tanto como para habernos podido contagiar con cualquier enfermedad
venérea por aquella puta con la que nos acostamos los cinco juntos para
celebrar el cumpleaños del Nano, y que nos obligaba de continuo a que nos
rascásemos en nuestras partes más valoradas. Infelices nuestras cabezas, que
aún eran como nuestros cuerpos, totalmente puros.
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HOY… HOY
No sé a vosotros,
pero a mí, hoy, me sucede
que ya me caí de la
arcilla del mundo,
de tanta velocidad como
lleva.
Que hace tan solo un
silencio
que subían todas las
distancias
sin heridas inventoras al
poema.
Que, tan solo un instante
de asombro remotísimo,
se desprende, desde estos
labios
aulladores de culpas,
y llega, hasta la piedra
heredera
del esmalte del tiempo,
hasta vosotras,
desfigurado, a toda
velocidad.
La sangre cuando se
detiene
perpetúa una parada,
levanta un obelisco,
acrecienta su recuerdo de
mundo
sobre todas las cosas.
Hoy a este mundo nuestro
le sobran tantos obeliscos.
Ahora, si me lo permitís,
solo quiero afinar la
voz,
que llegue, deseo
irreprimible
donde nunca llegan las
manos,
desde lo más profundo
de la vocal girada hasta
el delirio.
Solo quiero exponer este
comienzo,
este placer que envuelve
mi verdad,
estos límites de la
armonía
del asombro del mundo,
este desdén escandaloso
que se amotina
y reconquista tu mirada.
Hoy llego, ante todo,
rescoldo;
desde ese final de tu
escote
hasta este inicio de las
letras
que son todos los besos
tuyos.
Llego, como un impulso que
asume
toda su vocación de
lengua
sobre la curvatura de tus
pechos.
Hoy, incomprensiblemente,
he aparcado en la misma
puerta,
he vuelto a descubrir:
que la música
no es el recreo de este
desfile
de notas al aire que yo
creía,
que no solo es, al sol,
la causa
de todas las sombras de
la calle,
que es, toda la vida,
ese paseo a la eternidad
que siempre nos convoca.
Hoy debo aparcar este
rostro en tu regazo.
Este epíteto verde
que, sin querer, retorna
al ocre
permanente del guiño.
Este guiño que esconde
en el interior tanto
miedo.
Hoy si nuestros cuerpos
se juntasen
nacería nuevamente el
mundo.
Desde la semana pasada, mis lectores palentinos ya pueden sacar para su lectura de la Biblioteca Pública de Palencia: Consonancias de la voz. De todo lo que no se pierde. Bobilongos y churrilungas. Pálpitos del tren que no vuelve. A este lado de mis días. Los labios que finge la noche