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jueves, 4 de junio de 2026

A ESTE LADO DE MIS DÍAS. / Hubo un instante


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Hubo un instante

Hubo un instante en el que, incluso
a pesar de todo lo que pudiese parecer y aparentar,
estaba muy claro el motivo por el que siempre quedábamos
a las puertas de los hoteles de cuatro y de cinco estrellas:
para que así pareciese que no dejábamos nunca de entrar o salir,
y que íbamos o veníamos, haciéndonos,
de esta manera, a la idea de que siempre estábamos viajando.
Pero no, no te enfades por no confesarte la verdad.
No, no, sí, sí, tú ya la sabías. ¡Claro que tú ya la sabías!
La verdad que siempre tiene infinitos senderos,
te puede confirmar que jamás salimos del barrio;
sobre todo, por mis enfermedades,
y por mis borracheras, y por mis desenfados.




jueves, 30 de abril de 2026

Hoy... Hoy "De todo lo que no se pierde"

 


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HOY… HOY


No sé a vosotros,

 pero a mí, hoy, me sucede

que ya me caí de la arcilla del mundo,

de tanta velocidad como lleva.

 

Que hace tan solo un silencio

que subían todas las distancias

sin heridas inventoras al poema.

 

Que, tan solo un instante

de asombro remotísimo,

se desprende, desde estos labios

aulladores de culpas,

y llega, hasta la piedra heredera

del esmalte del tiempo, hasta vosotras,

desfigurado, a toda velocidad.

 

La sangre cuando se detiene

perpetúa una parada,

levanta un obelisco,

acrecienta su recuerdo de mundo

sobre todas las cosas.

Hoy a este mundo nuestro

 le sobran tantos obeliscos.

 

Ahora, si me lo permitís,

solo quiero afinar la voz,

que llegue, deseo irreprimible

donde nunca llegan las manos,

desde lo más profundo

de la vocal girada hasta el delirio.

 

Solo quiero exponer este comienzo,

este placer que envuelve mi verdad,

estos límites de la armonía

del asombro del mundo,

este desdén escandaloso

que se amotina

y reconquista tu mirada.

 

Hoy llego, ante todo, rescoldo;

desde ese final de tu escote

hasta este inicio de las letras

que son todos los besos tuyos.

 

Llego, como un impulso que asume

toda su vocación de lengua

sobre la curvatura de tus pechos.

 

Hoy, incomprensiblemente,

he aparcado en la misma puerta,

he vuelto a descubrir: que la música

no es el recreo de este desfile

de notas al aire que yo creía,

que no solo es, al sol, la causa

de todas las sombras de la calle,

que es, toda la vida,

ese paseo a la eternidad

que siempre nos convoca.

 

Hoy debo aparcar este rostro en tu regazo.

Este epíteto verde

que, sin querer, retorna al ocre

permanente del guiño.

Este guiño que esconde

en el interior tanto miedo.

 

Hoy si nuestros cuerpos se juntasen

nacería nuevamente el mundo.




lunes, 27 de abril de 2026

Maximiano Revilla Vega EN LAS BIBLIOTECAS de Madrid y de Palencia

  

Desde la semana pasada, mis lectores palentinos ya pueden sacar para su lectura de la Biblioteca Pública de Palencia: Consonancias de la voz. De todo lo que no se pierde. Bobilongos y churrilungas. Pálpitos del tren que no vuelve. A este lado de mis días. Los labios que finge la noche

                                                                                 


En Madrid, en el distrito de CENTRO, en la Biblioteca Pública Mario Vargas Llosa. En el distrito de SALAMANCA, la Biblioteca David Gistau. Y en el distrito de RETIRO: Consonancias de la voz. De todo lo que no se pierde. 

                                                                             


En el distrito de RETIRO, en la Biblioteca Eugenio Trías, además encontraréis: Bobilongos y churrilungas, y, Pálpitos del tren que no vuelve.   



Para que no digáis que la lectura, monetariamente, cuenta tanto. Que disfrutéis.

miércoles, 25 de marzo de 2026

ANATOMÍA DESIERTA Haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en contra de esa mirada que la proponía él. CASILLERO DEL DIABLO


Haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en contra de esa mirada que la proponía él.

 

El conductor, al verme allí plantado otra vez, casi tiene un síncope. Se puso colorado, pero fue sabio y, en lugar de juguetear con el infarto, decidió tomárselo o tomarme a choteo y rompió a reír.                                  

                              José Carlos Rodrigo Breto

 

 

María, del Olvido Sagrado de Todas las Ensoñaciones, negó con un leve movimiento de cabeza y, sin darle mayor importancia, siguió adelante. Cruzó la calle y se apostó en la pared, al lado del riel del cierre, cargado de grasa, de los ultramarinos. En la parte de arriba figuraba el nombre de la tienda. Nombre que no tuvo intención de distinguir, ni de leer, ni de recordar para el futuro: ¿Cómo se pudiera llamar el establecimiento, o no le importaba una mierda? ¿Para qué iba a guardar en la cabeza ese instante? ¿Qué beneficio, o pérdida, o menoscabo le podían aportar? Aunque, no sé, acaso, sí fuese verdad que siempre la dominaron los desenfrenos y las casualidades, esas que nublaron su semblante de aprendiz informal de caricias a todos esos cadáveres que iban apareciendo delante de ella. A esos tipos chungos que te cagas, a esos que les había invadido y superado el escalofrío de la depresión. A los inseguros y desgreñados. A los que nada más les descansaba el suspense de las primitivas medidas de los ojos que se abrían y cerraban entre los fehacientes argumentos de las novelas y los pensamientos. Esos que eran la parte principal de la trama que debía desarrollarse entonces; 

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lo único que verdaderamente les interesaba eran sus chanchullos y los cuerpos desnudos. Todos ellos eran tipos cabreados con el mundo, y la familia, y el vecindario. Tipos que, en alguna ocasión, cuando ya se iban, recordaban haber formado parte de la fotosíntesis de todas esas plantas adormideras. Esas ilusiones que daban forma y manera al panorama presente, ese, sí, ese que guardaba cierto paralelismo con las intenciones ocultas que tuvieran los hombres, y también muchas mujeres, de divorciarse. Y así, blanca de sal y de agua y vacía de Dios, retando al tiempo, buscaba no tener que descifrar ninguna de sus muchas premisas. Esas que iban con las luciérnagas en su doble curvatura, y con vistas a su estado original. No, a nadie le gustó nunca mirar lo que había debajo de la alfombra, ni descubrir quiénes eran los que vivían detrás de las puertas de las casas derruidas. Supongo que para eso se aprobó la ley del divorcio el 7 de julio de 1981 y entró en vigor el 9 de agosto, y en septiembre —increíble— ya se habían colapsado los juzgados con el papel de las solicitudes. Sin apenas moverse del sitio, se enjugó muy a las claras y con la manga derecha el sudor que los nervios habían hecho aflorar en la frente. Entonces, sin apenas sentir nada, sin volver a bajar ni a subir del corazón al andamio del edificio, alguien a su lado comenzó a respirar muy fuerte. Por lo tanto, entre ellos se cruzaron miradas, pero no articularon ni medio sonido. La espera, muy tensa, lo ocupaba todo. ¡Sí, por supuesto! Mientras uno esperaba, nunca podía saber si estaba renunciando a cualquier oportunidad emocionante para encontrar ese marginado continuar de la vida, esa, esa que nace en ese mirar que va dentro 50

de ella. Por de pronto, hipotecándose y resistiéndose sola a cualquier posible acontecimiento, carraspeó para hacerse notar. Apartó con la mano el cabello que le caía sobre la frente y los ojos, ese cabello rebelde que le impedía ver a la gente su careto, y con claridad la posible hostilidad de otros muchos que la rodeaban, para seguidamente espetarles sin miramientos: "¿Se puede saber qué coños es lo que estás mirando?" Os puedo asegurar que, al recorrer tres calles más para cruzar por debajo del arco de las estrellas del cielo de la medianoche, era María muy capaz de procesar infinitos pensamientos, más que de nada, de cualquier periodo desnaturalizado de la historia y que, para no sentir de frente la luz de sus ojos, esos mismos ojos que la quemaban por dentro, se cruzaba de acera, pero en esta ocasión, haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en contra de esa mirada que la proponía él y, muy decidida, en caso de que este hubiera intentado algo, se lo tendría que haber comido así, sin más, ni más, solo y sin guarnición, ni pan, ni vino, ni agua, ni nada. Y es que tenía la manía de llevarse los dedos índice y pulgar de la mano derecha exactamente al anillo de oro que todavía portaba en el dedo anular de la mano izquierda. Con ellos lo hacía girar y girar hasta acabar tan relajada, tanto, que, casi, casi, perdía la conciencia. Más tarde, se despertaba de golpe y se preguntaba con mucha mala leche: "¿Se puede saber qué piensas, gilipollas?"