Haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en
contra de esa mirada que la proponía él.
El
conductor, al verme allí plantado otra vez, casi tiene un síncope. Se puso
colorado, pero fue sabio y, en lugar de juguetear con el infarto, decidió
tomárselo o tomarme a choteo y rompió a
reír.
José Carlos Rodrigo Breto
María, del Olvido Sagrado de Todas las Ensoñaciones, negó con un leve movimiento de cabeza y, sin darle mayor importancia, siguió adelante. Cruzó la calle y se apostó en la pared, al lado del riel del cierre, cargado de grasa, de los ultramarinos. En la parte de arriba figuraba el nombre de la tienda. Nombre que no tuvo intención de distinguir, ni de leer, ni de recordar para el futuro: ¿Cómo se pudiera llamar el establecimiento, o no le importaba una mierda? ¿Para qué iba a guardar en la cabeza ese instante? ¿Qué beneficio, o pérdida, o menoscabo le podían aportar? Aunque, no sé, acaso, sí fuese verdad que siempre la dominaron los desenfrenos y las casualidades, esas que nublaron su semblante de aprendiz informal de caricias a todos esos cadáveres que iban apareciendo delante de ella. A esos tipos chungos que te cagas, a esos que les había invadido y superado el escalofrío de la depresión. A los inseguros y desgreñados. A los que nada más les descansaba el suspense de las primitivas medidas de los ojos que se abrían y cerraban entre los fehacientes argumentos de las novelas y los pensamientos. Esos que eran la parte principal de la trama que debía desarrollarse entonces;
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lo único que verdaderamente les interesaba
eran sus chanchullos y los cuerpos desnudos. Todos ellos eran tipos cabreados
con el mundo, y la familia, y el vecindario. Tipos que, en alguna ocasión,
cuando ya se iban, recordaban haber formado parte de la fotosíntesis de todas
esas plantas adormideras. Esas ilusiones que daban forma y manera al panorama
presente, ese, sí, ese que guardaba cierto paralelismo con las intenciones
ocultas que tuvieran los hombres, y también muchas mujeres, de divorciarse. Y
así, blanca de sal y de agua y vacía de Dios, retando al tiempo, buscaba no
tener que descifrar ninguna de sus muchas premisas. Esas que iban con las
luciérnagas en su doble curvatura, y con vistas a su estado original. No, a
nadie le gustó nunca mirar lo que había debajo de la alfombra, ni descubrir
quiénes eran los que vivían detrás de las puertas de las casas derruidas.
Supongo que para eso se aprobó la ley del divorcio el 7 de julio de 1981 y
entró en vigor el 9 de agosto, y en septiembre —increíble— ya se habían
colapsado los juzgados con el papel de las solicitudes. Sin apenas moverse del
sitio, se enjugó muy a las claras y con la manga derecha el sudor que los
nervios habían hecho aflorar en la frente. Entonces, sin apenas sentir nada,
sin volver a bajar ni a subir del corazón al andamio del edificio, alguien a su
lado comenzó a respirar muy fuerte. Por lo tanto, entre ellos se cruzaron
miradas, pero no articularon ni medio sonido. La espera, muy tensa, lo ocupaba
todo. ¡Sí, por supuesto! Mientras uno esperaba, nunca podía saber si estaba
renunciando a cualquier oportunidad emocionante para encontrar ese marginado
continuar de la vida, esa, esa que nace en ese mirar que va dentro 50
de ella. Por de pronto, hipotecándose y
resistiéndose sola a cualquier posible acontecimiento, carraspeó para hacerse
notar. Apartó con la mano el cabello que le caía sobre la frente y los ojos,
ese cabello rebelde que le impedía ver a la gente su careto, y con claridad la
posible hostilidad de otros muchos que la rodeaban, para seguidamente
espetarles sin miramientos: "¿Se puede saber qué coños es lo que estás
mirando?" Os puedo asegurar que, al recorrer tres calles más para cruzar
por debajo del arco de las estrellas del cielo de la medianoche, era María muy
capaz de procesar infinitos pensamientos, más que de nada, de cualquier periodo
desnaturalizado de la historia y que, para no sentir de frente la luz de sus
ojos, esos mismos ojos que la quemaban por dentro, se cruzaba de acera, pero en
esta ocasión, haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en contra de esa mirada
que la proponía él y, muy decidida, en caso de que este hubiera intentado algo,
se lo tendría que haber comido así, sin más, ni más, solo y sin guarnición, ni
pan, ni vino, ni agua, ni nada. Y es que tenía la manía de llevarse los dedos
índice y pulgar de la mano derecha exactamente al anillo de oro que todavía
portaba en el dedo anular de la mano izquierda. Con ellos lo hacía girar y
girar hasta acabar tan relajada, tanto, que, casi, casi, perdía la conciencia.
Más tarde, se despertaba de golpe y se preguntaba con mucha mala leche:
"¿Se puede saber qué piensas, gilipollas?"





