HOY… HOY
No sé a vosotros,
pero a mí, hoy, me sucede
que ya me caí de la
arcilla del mundo,
de tanta velocidad como
lleva.
Que hace tan solo un
silencio
que subían todas las
distancias
sin heridas inventoras al
poema.
Que, tan solo un instante
de asombro remotísimo,
se desprende, desde estos
labios
aulladores de culpas,
y llega, hasta la piedra
heredera
del esmalte del tiempo,
hasta vosotras,
desfigurado, a toda
velocidad.
La sangre cuando se
detiene
perpetúa una parada,
levanta un obelisco,
acrecienta su recuerdo de
mundo
sobre todas las cosas.
Hoy a este mundo nuestro
le sobran tantos obeliscos.
Ahora, si me lo permitís,
solo quiero afinar la
voz,
que llegue, deseo
irreprimible
donde nunca llegan las
manos,
desde lo más profundo
de la vocal girada hasta
el delirio.
Solo quiero exponer este
comienzo,
este placer que envuelve
mi verdad,
estos límites de la
armonía
del asombro del mundo,
este desdén escandaloso
que se amotina
y reconquista tu mirada.
Hoy llego, ante todo,
rescoldo;
desde ese final de tu
escote
hasta este inicio de las
letras
que son todos los besos
tuyos.
Llego, como un impulso que
asume
toda su vocación de
lengua
sobre la curvatura de tus
pechos.
Hoy, incomprensiblemente,
he aparcado en la misma
puerta,
he vuelto a descubrir:
que la música
no es el recreo de este
desfile
de notas al aire que yo
creía,
que no solo es, al sol,
la causa
de todas las sombras de
la calle,
que es, toda la vida,
ese paseo a la eternidad
que siempre nos convoca.
Hoy debo aparcar este
rostro en tu regazo.
Este epíteto verde
que, sin querer, retorna
al ocre
permanente del guiño.
Este guiño que esconde
en el interior tanto
miedo.
Hoy si nuestros cuerpos
se juntasen
nacería nuevamente el
mundo.
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