maximianadas (Poemas) de Maximiano Revilla Vega
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jueves, 28 de mayo de 2026
jueves, 30 de abril de 2026
Hoy... Hoy "De todo lo que no se pierde"
HOY… HOY
No sé a vosotros,
pero a mí, hoy, me sucede
que ya me caí de la
arcilla del mundo,
de tanta velocidad como
lleva.
Que hace tan solo un
silencio
que subían todas las
distancias
sin heridas inventoras al
poema.
Que, tan solo un instante
de asombro remotísimo,
se desprende, desde estos
labios
aulladores de culpas,
y llega, hasta la piedra
heredera
del esmalte del tiempo,
hasta vosotras,
desfigurado, a toda
velocidad.
La sangre cuando se
detiene
perpetúa una parada,
levanta un obelisco,
acrecienta su recuerdo de
mundo
sobre todas las cosas.
Hoy a este mundo nuestro
le sobran tantos obeliscos.
Ahora, si me lo permitís,
solo quiero afinar la
voz,
que llegue, deseo
irreprimible
donde nunca llegan las
manos,
desde lo más profundo
de la vocal girada hasta
el delirio.
Solo quiero exponer este
comienzo,
este placer que envuelve
mi verdad,
estos límites de la
armonía
del asombro del mundo,
este desdén escandaloso
que se amotina
y reconquista tu mirada.
Hoy llego, ante todo,
rescoldo;
desde ese final de tu
escote
hasta este inicio de las
letras
que son todos los besos
tuyos.
Llego, como un impulso que
asume
toda su vocación de
lengua
sobre la curvatura de tus
pechos.
Hoy, incomprensiblemente,
he aparcado en la misma
puerta,
he vuelto a descubrir:
que la música
no es el recreo de este
desfile
de notas al aire que yo
creía,
que no solo es, al sol,
la causa
de todas las sombras de
la calle,
que es, toda la vida,
ese paseo a la eternidad
que siempre nos convoca.
Hoy debo aparcar este
rostro en tu regazo.
Este epíteto verde
que, sin querer, retorna
al ocre
permanente del guiño.
Este guiño que esconde
en el interior tanto
miedo.
Hoy si nuestros cuerpos
se juntasen
nacería nuevamente el
mundo.
lunes, 27 de abril de 2026
Maximiano Revilla Vega EN LAS BIBLIOTECAS de Madrid y de Palencia
Desde la semana pasada, mis lectores palentinos ya pueden sacar para su lectura de la Biblioteca Pública de Palencia: Consonancias de la voz. De todo lo que no se pierde. Bobilongos y churrilungas. Pálpitos del tren que no vuelve. A este lado de mis días. Los labios que finge la noche
miércoles, 25 de marzo de 2026
ANATOMÍA DESIERTA Haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en contra de esa mirada que la proponía él. CASILLERO DEL DIABLO
Haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en
contra de esa mirada que la proponía él.
El
conductor, al verme allí plantado otra vez, casi tiene un síncope. Se puso
colorado, pero fue sabio y, en lugar de juguetear con el infarto, decidió
tomárselo o tomarme a choteo y rompió a
reír.
José Carlos Rodrigo Breto
María, del Olvido Sagrado de Todas las Ensoñaciones, negó con un leve movimiento de cabeza y, sin darle mayor importancia, siguió adelante. Cruzó la calle y se apostó en la pared, al lado del riel del cierre, cargado de grasa, de los ultramarinos. En la parte de arriba figuraba el nombre de la tienda. Nombre que no tuvo intención de distinguir, ni de leer, ni de recordar para el futuro: ¿Cómo se pudiera llamar el establecimiento, o no le importaba una mierda? ¿Para qué iba a guardar en la cabeza ese instante? ¿Qué beneficio, o pérdida, o menoscabo le podían aportar? Aunque, no sé, acaso, sí fuese verdad que siempre la dominaron los desenfrenos y las casualidades, esas que nublaron su semblante de aprendiz informal de caricias a todos esos cadáveres que iban apareciendo delante de ella. A esos tipos chungos que te cagas, a esos que les había invadido y superado el escalofrío de la depresión. A los inseguros y desgreñados. A los que nada más les descansaba el suspense de las primitivas medidas de los ojos que se abrían y cerraban entre los fehacientes argumentos de las novelas y los pensamientos. Esos que eran la parte principal de la trama que debía desarrollarse entonces;
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lo único que verdaderamente les interesaba
eran sus chanchullos y los cuerpos desnudos. Todos ellos eran tipos cabreados
con el mundo, y la familia, y el vecindario. Tipos que, en alguna ocasión,
cuando ya se iban, recordaban haber formado parte de la fotosíntesis de todas
esas plantas adormideras. Esas ilusiones que daban forma y manera al panorama
presente, ese, sí, ese que guardaba cierto paralelismo con las intenciones
ocultas que tuvieran los hombres, y también muchas mujeres, de divorciarse. Y
así, blanca de sal y de agua y vacía de Dios, retando al tiempo, buscaba no
tener que descifrar ninguna de sus muchas premisas. Esas que iban con las
luciérnagas en su doble curvatura, y con vistas a su estado original. No, a
nadie le gustó nunca mirar lo que había debajo de la alfombra, ni descubrir
quiénes eran los que vivían detrás de las puertas de las casas derruidas.
Supongo que para eso se aprobó la ley del divorcio el 7 de julio de 1981 y
entró en vigor el 9 de agosto, y en septiembre —increíble— ya se habían
colapsado los juzgados con el papel de las solicitudes. Sin apenas moverse del
sitio, se enjugó muy a las claras y con la manga derecha el sudor que los
nervios habían hecho aflorar en la frente. Entonces, sin apenas sentir nada,
sin volver a bajar ni a subir del corazón al andamio del edificio, alguien a su
lado comenzó a respirar muy fuerte. Por lo tanto, entre ellos se cruzaron
miradas, pero no articularon ni medio sonido. La espera, muy tensa, lo ocupaba
todo. ¡Sí, por supuesto! Mientras uno esperaba, nunca podía saber si estaba
renunciando a cualquier oportunidad emocionante para encontrar ese marginado
continuar de la vida, esa, esa que nace en ese mirar que va dentro 50
de ella. Por de pronto, hipotecándose y
resistiéndose sola a cualquier posible acontecimiento, carraspeó para hacerse
notar. Apartó con la mano el cabello que le caía sobre la frente y los ojos,
ese cabello rebelde que le impedía ver a la gente su careto, y con claridad la
posible hostilidad de otros muchos que la rodeaban, para seguidamente
espetarles sin miramientos: "¿Se puede saber qué coños es lo que estás
mirando?" Os puedo asegurar que, al recorrer tres calles más para cruzar
por debajo del arco de las estrellas del cielo de la medianoche, era María muy
capaz de procesar infinitos pensamientos, más que de nada, de cualquier periodo
desnaturalizado de la historia y que, para no sentir de frente la luz de sus
ojos, esos mismos ojos que la quemaban por dentro, se cruzaba de acera, pero en
esta ocasión, haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en contra de esa mirada
que la proponía él y, muy decidida, en caso de que este hubiera intentado algo,
se lo tendría que haber comido así, sin más, ni más, solo y sin guarnición, ni
pan, ni vino, ni agua, ni nada. Y es que tenía la manía de llevarse los dedos
índice y pulgar de la mano derecha exactamente al anillo de oro que todavía
portaba en el dedo anular de la mano izquierda. Con ellos lo hacía girar y
girar hasta acabar tan relajada, tanto, que, casi, casi, perdía la conciencia.
Más tarde, se despertaba de golpe y se preguntaba con mucha mala leche:
"¿Se puede saber qué piensas, gilipollas?"
miércoles, 25 de febrero de 2026
martes, 3 de febrero de 2026
La oscuridad de las miopes ausencias.
Aquella vida era para ella una peregrinación al santuario
de sus amores.
Pío Baroja
—La mayoría de las veces, necesito una pastilla para dormir y otra más para despertar —comentó con aires solemnes de primera dama, y todo ello, a la vez que escuchaba las voces y los gritos de la gente, y de Dios, y de todo el que, a primera hora, sin que pudiera fingir emociones fuertes como el orujo que calentaba el estómago del frío de la nieve que caía, la destemplase. No era necesario que, alrededor de su figura, el mundo dejara de tocar sus narices y de sonar en un ensordecedor barullo. Los platos, los vasos, las copas de champagne y las cucharillas de postre y de café tintineaban desde el elegantísimo servicio de una boda. En parte, la odiaba; en parte me daba envidia. Una envidia tremendamente malsana, y sin cuidar. Sí, sí, más que nada sentía esa envidia porque ella jamás había tenido en frente de sí ninguna clase de problemas para mantener una conversación fluida con cualquiera de los príncipes seleccionados para pasar modas en las pasarelas de El Corte Inglés, los domingos por la mañana. Los años largos como los misterios, esos que se perdían entre las horas y los días de estudio en los colegios privados, esos días en los que parecía que nunca tuvieran fin, la proporcionaron, además de muchos moretones de cuello para abajo por la cantidad de golpes recibidos en el culo y en los brazos y en las palmas de las manos para introducir en su cabeza todas las letras y los números y las fórmulas químicas y secretas para la continuación parcial de la especie, una educación exquisita y refinada, una muy capaz de hacer que pudiese hablar en más de tres idiomas con quien le viniese en gana. Yo no aprendí nunca a mantener con la gente una conversación medio fluida, ni siquiera una conversación entre los ojos intrascendentes del argot del barrio. No, ni con aquella chica en la que, al pensar continuamente, no me dejaba enganchar el sueño, y me tenía que masturbar. No, ni mucho menos fui capaz de hilvanar jamás preguntas concretas de cómo estaba o venía el tiempo. Y sonaban las tazas y los platos de la sopa. Y sonaban los cuchillos para la carne y el pescado. Y por encima de todo ello, aún se podía escuchar el rumor de las conversaciones importantísimas sobre las temperaturas a las que era preciso servir los vinos. Así mismo, de fondo, ciertamente, todavía se conseguían sobreentender, reales, las comandas que gritaban las camareras jóvenes y atractivas que tan grácilmente contoneaban sus cuerpos entre las mesas. "Tres descafeinados con agua", "Un solomillo al punto, con ensalada, y no con patatas fritas". "Un helado de chocolate". "Me faltan dos primeros para la mesa cuatro y un pollo asado para la dos". —¡Sí! ¡Sí! Dos pollazos, con guisantes de mi huerta, te dejaba yo que me dieses tú a mí de propina. Camareras que se distinguían, —ya te cuento—, ¿cómo no?, más que por otra cosa, por exhibir descaradamente sus larguísimas piernas, y sus rostros de líneas estilizadas, limpias, puras y tiernas con unos ojos azules como el horizonte de algún verano que continuase detrás de la raya negra de las pestañas y del cielo, y unos pies finos exfoliándose dentro de la arena, y unas manos delicadas, y una ilusión por construir en sus cabezas con materiales reciclados, y con los deshechos del edificio de la telefónica, así como con todo lo desconocido de aquellos muros de las casas de la nostalgia, de esa cronología que era mucho peor que apuñalar sus sentimentalismos, esos que nunca dejaron de ser, con sus insuficiencias, y sus disquisiciones y sus muchas infidelidades, cualquiera de los mundos y de los remordimientos, de todas muestras impotencias y nuestros miedos. —Seguro que el Epi había conseguido Centramina —era lo primero en lo que había pensado cuando sentí que me hundía totalmente; voy a ir a ver si me regala alguna para volar un rato hasta sentir el calor del hemisferio subtropical. No, mi oscuridad, lo mismo que esa de las miopes ausencias, o, esa que iba con las miradas infinitas, nunca fue algo que se buscara ni que se encontrara entre las distancias inmensas de los ojos azules que se pendían atrapados dentro de cualquier mentira llorosa. Esa, la que casi se me evapora poco antes de llegar a tocarla. Fuera del local, hacía frío, y mientras sonaban las doce en el reloj de una iglesia cercana, yo paseaba mundo arriba y mundo abajo, esperando que concluyeses su jornada.


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