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martes, 21 de julio de 2026

DISPAROS A LA LUZ DE LOS DÍAS // Principio del capítulo 3

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                                                              3

 

 

       Esas celebraciones entre las intrigas eran como esas luces salteadas al lado de cualquier explicación poco o mucho honorable en la fiesta que daba el mundo por su cumpleaños. Era como si se le hincharan las venas hasta ponerse azules y llegaran así, casi hasta reventar, por el jolgorio que se armaba en aquellos deleitosos instantes. Aquellos se deslizaban sobre la porquería del solar abandonado. Mientras se vestían pantalones de tergal, oficiaban el festín. Este incluía todos los significantes de las voces irredentas y de las acciones inoportunas, con su gusto dulzón y muy bien contado. Esas que, puestas unas al lado de las otras, nunca dejaban de joder. Y si acaso lo hacían, era porque el llanto en ellas se transformaba en una isla, o en el mar de un sueño, o en el corazón de las muchachas melancólicas, esas, las que dijeron los críticos que eran iguales a todos los aireados personajes de Chéjov. Sí, claro, las mismas que se conformaban con nadar en el agua turbia del lago de los cisnes admirados.  

       Sí, allí seguía estando vigente la impaciencia y se continuaba manteniendo viva la amabilidad de los encuentros del mundo a plena luz, y delante de tantas miserias, causadas por los incendios provocados a primera hora, con sus llamas destructivas y sus quemaduras de primer orden y, con sus cien mil pensamientos abrasivos o magentas, y todo ello sucedía a la vez que se iban reconstruyendo para las siguientes incredulidades junto a los viejos nidos; las nuevas polladas de aves carroñeras, esas donde, aumentando el tono y la paciencia de cualquier dulce inventiva, y de alguna ácida abstinencia, esas donde había seres muy cabales, y había noches excesivamente oscuras, y había momentos que excedían con sus gritos las visiones de cualquier ángulo esquinado, en ese lugar en el que se movía y pululaba su vida de araña, y su techo blanco agrisado, contemplándose como si no sonase a lunes en el interior de cualquier lata vacía de conservas para el martes, igual que si ya nos estuvieran aturullando entre todos los ecos fluyentes de los miércoles, lo mismo que la seducción de cualquier realidad asfixiante y depurada de antiguas angosturas a las puertas de un viernes con ropa interior planchadita para el desmadre que ya se imaginaban que iba a disfrutar en la fiesta.

       Pero no. No pienso extenderme comentando las dudas que me causaban estos enredos de faldas a los que llegaba y en los que me desvanecía antes de morir en cualquiera de sus reflexiones. No, ni siquiera la distancia de ese dolor en la cara, tan minúsculo como ausente, y tan parecido a la devoción del misterio incrustado en la piel que me atormentaba por no poder controlar mis negaciones, y no sé, pero acaso por un instante pudiera entenderse que hubiéramos cogido el sida, y desde el soplo de cualquiera de las espesuras presentes, tuviésemos sospechas de que nadie iba a levantar un acta oficial durante nuestra ejecución posible, tanto como para habernos podido contagiar con cualquier enfermedad venérea por aquella puta con la que nos acostamos los cinco juntos para celebrar el cumpleaños del Nano, y que nos obligaba de continuo a que nos rascásemos en nuestras partes más valoradas. Infelices nuestras cabezas, que aún eran como nuestros cuerpos, totalmente puros.

       Y, no sé, pero desde ese mismo instante, desde ese desencajado momento en el que tal vez alguno sería capaz de que todos los seres blancos y allegados, y todos esos desasosiegos de los alrededores desnudos, se refiriesen a nosotros de forma tan elocuente como para que, jamás nadie, se sintiera amenazado ni reflejado en el terror que exhalaba nuestra boca, así como en la intranquilidad que se perdía ante nuestras verdades. ¡Por supuesto que no! Ni en aquellos momentos amargos en los que nos enfadamos, ni, en aquellos otros en los que apostábamos íntegramente el pensamiento en todas las batallas amorosas que nos bullían en la memoria, en esas mañanas en las que nos unía el aire con el olor intenso del café en el desayuno. ¡Sí! Claro que te lo grito. Solo mientras nuestros cuerpos se mezclaban, como si estuviésemos teniendo, constantemente, el mayor de los orgasmos mañaneros y al mismo tiempo que bailábamos muy agarraditos, nos íbamos metiendo mano; nunca conseguimos ser capaces de abandonar ese sueño. ¡Sí, sí, claro! Pero esto, te lo explicaré en otra ocasión. En esa, en la que nos encontremos cuando, ya no crucen por mi columna vertebral tantos rencores ni tantas miserias; ni esté tan dulce que no vengan todas las moscas del vecindario a entretenerse conmigo. Y no haya tanta electricidad dispuesta para sobrecargar los plomos, desde los siglos pasados hasta estos otros tiempos repletos de alegrías que ahora vivimos...