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miércoles, 25 de marzo de 2026

ANATOMÍA DESIERTA Haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en contra de esa mirada que la proponía él. CASILLERO DEL DIABLO


Haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en contra de esa mirada que la proponía él.

 

El conductor, al verme allí plantado otra vez, casi tiene un síncope. Se puso colorado, pero fue sabio y, en lugar de juguetear con el infarto, decidió tomárselo o tomarme a choteo y rompió a reír.                                  

                              José Carlos Rodrigo Breto

 

 

María, del Olvido Sagrado de Todas las Ensoñaciones, negó con un leve movimiento de cabeza y, sin darle mayor importancia, siguió adelante. Cruzó la calle y se apostó en la pared, al lado del riel del cierre, cargado de grasa, de los ultramarinos. En la parte de arriba figuraba el nombre de la tienda. Nombre que no tuvo intención de distinguir, ni de leer, ni de recordar para el futuro: ¿Cómo se pudiera llamar el establecimiento, o no le importaba una mierda? ¿Para qué iba a guardar en la cabeza ese instante? ¿Qué beneficio, o pérdida, o menoscabo le podían aportar? Aunque, no sé, acaso, sí fuese verdad que siempre la dominaron los desenfrenos y las casualidades, esas que nublaron su semblante de aprendiz informal de caricias a todos esos cadáveres que iban apareciendo delante de ella. A esos tipos chungos que te cagas, a esos que les había invadido y superado el escalofrío de la depresión. A los inseguros y desgreñados. A los que nada más les descansaba el suspense de las primitivas medidas de los ojos que se abrían y cerraban entre los fehacientes argumentos de las novelas y los pensamientos. Esos que eran la parte principal de la trama que debía desarrollarse entonces; 

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lo único que verdaderamente les interesaba eran sus chanchullos y los cuerpos desnudos. Todos ellos eran tipos cabreados con el mundo, y la familia, y el vecindario. Tipos que, en alguna ocasión, cuando ya se iban, recordaban haber formado parte de la fotosíntesis de todas esas plantas adormideras. Esas ilusiones que daban forma y manera al panorama presente, ese, sí, ese que guardaba cierto paralelismo con las intenciones ocultas que tuvieran los hombres, y también muchas mujeres, de divorciarse. Y así, blanca de sal y de agua y vacía de Dios, retando al tiempo, buscaba no tener que descifrar ninguna de sus muchas premisas. Esas que iban con las luciérnagas en su doble curvatura, y con vistas a su estado original. No, a nadie le gustó nunca mirar lo que había debajo de la alfombra, ni descubrir quiénes eran los que vivían detrás de las puertas de las casas derruidas. Supongo que para eso se aprobó la ley del divorcio el 7 de julio de 1981 y entró en vigor el 9 de agosto, y en septiembre —increíble— ya se habían colapsado los juzgados con el papel de las solicitudes. Sin apenas moverse del sitio, se enjugó muy a las claras y con la manga derecha el sudor que los nervios habían hecho aflorar en la frente. Entonces, sin apenas sentir nada, sin volver a bajar ni a subir del corazón al andamio del edificio, alguien a su lado comenzó a respirar muy fuerte. Por lo tanto, entre ellos se cruzaron miradas, pero no articularon ni medio sonido. La espera, muy tensa, lo ocupaba todo. ¡Sí, por supuesto! Mientras uno esperaba, nunca podía saber si estaba renunciando a cualquier oportunidad emocionante para encontrar ese marginado continuar de la vida, esa, esa que nace en ese mirar que va dentro 50

de ella. Por de pronto, hipotecándose y resistiéndose sola a cualquier posible acontecimiento, carraspeó para hacerse notar. Apartó con la mano el cabello que le caía sobre la frente y los ojos, ese cabello rebelde que le impedía ver a la gente su careto, y con claridad la posible hostilidad de otros muchos que la rodeaban, para seguidamente espetarles sin miramientos: "¿Se puede saber qué coños es lo que estás mirando?" Os puedo asegurar que, al recorrer tres calles más para cruzar por debajo del arco de las estrellas del cielo de la medianoche, era María muy capaz de procesar infinitos pensamientos, más que de nada, de cualquier periodo desnaturalizado de la historia y que, para no sentir de frente la luz de sus ojos, esos mismos ojos que la quemaban por dentro, se cruzaba de acera, pero en esta ocasión, haciéndose la fuerte, sostuvo la mirada en contra de esa mirada que la proponía él y, muy decidida, en caso de que este hubiera intentado algo, se lo tendría que haber comido así, sin más, ni más, solo y sin guarnición, ni pan, ni vino, ni agua, ni nada. Y es que tenía la manía de llevarse los dedos índice y pulgar de la mano derecha exactamente al anillo de oro que todavía portaba en el dedo anular de la mano izquierda. Con ellos lo hacía girar y girar hasta acabar tan relajada, tanto, que, casi, casi, perdía la conciencia. Más tarde, se despertaba de golpe y se preguntaba con mucha mala leche: "¿Se puede saber qué piensas, gilipollas?"


 

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