miércoles, 29 de junio de 2016

Pálpitos del tren que no vuelve



Pálpitos del tren que no vuelve, lo puedes solicitar en el e-mail: poetadeguardia@telefonica.net
o en internet, o esperando a la salida de septiembre en la Casa del Libro.

Si nos atenemos a esa máxima que describe y explica como es el paso del tiempo, mutable e inmutable espina que pone tanto al autor como a su creación, en el lugar designado a la historia o al olvido; he de confesar que, Pálpitos del tren que no vuelve, después de que los duendes de la informática, lo hiciesen dormir en los archivos de Vitruvio, acaso, todas esas horas que para su creación se robaron al sueño, fue una grata sorpresa el ver cómo vino a mí tras su reposo con matrícula de honor, no importándome, como autor, ser el olvido, al sentir que la obra tendría su lugar en la historia.

Cuando Pablo me envió el archivo con las pruebas de corrección del libro que debía haber salido Un cuántico aleteo en la boca, una creación que habla desde la función específica del espíritu humano de los fenómenos emocionales de un personaje omnipresente en unos cuantos instantes determinados de la humanidad, cual no fue mi sorpresa cuando vi, que, en su lugar llegaba: Pálpitos del tren que no vuelve ni por estos, ni por otros, ni por aquellos raíles del pensamiento que suponga la desnudez de una literatura distinta, la que rompe con algunas de las antiguas rutinas, la que hace que el lector se pregunte por las diferencias de uno y de otro. Pálpitos del tren que no vuelve es el que está y Un cuántico aleteo en la boca el que estará en primavera, o verano, o quizás en otoño o invierno.

Por regla general, un libro se escribe, se ordena y se ordena, se corrige y se corrige, se lee, se relee y se relee y por fin se recrea uno pensando en lo maravillosa que es su creación, la sorpresa, poco grata, viene cuando pasado el tiempo lo vuelves a leer y te das cuenta de que no comprendes nada, de que tu mente y tu pensamiento ha cambiado tanto que lo que allí ves, no forma parte de ti, ni de lo que te rodea, y que por más que te esfuerzas, no sabes en que mundo encajarlo y he de confesar que no, que con Pálpitos del tren que no vuelve, no sucedió esto. Pudieron ser los resoplidos del vapor de tantas circunstancias como las que se describen según se avanza en la lectura, o las mismas observaciones que irremediablemente se van quedando atrás, acaso tan solo como objetos de estudio de una realidad o irrealidad que ya no vuelve, de ese instante que nos sorprende con una y otra reflexión entre líneas y líneas de versos que en muchas ocasiones solo para unos pocos quieren decir o no decir nada. Pálpitos de un tren que no vuelve, dice lo mismo y expresa lo mismo que quiso expresar cuando se compuso.

Pálpitos del tren que no vuelve, podría ser considerado como un libro que nos narra el realismo de una romántica ficcionalidad de un protagonista que se mueve entre los sucesivos y sucesivos trescientos sesenta y cinco días, que sin duda pasan y pasan, por todas y cada una de las cabezas de los personajes que sin atreverse a llamar, - no sea que nadie les abra, ni hablen,- se encuentran en cada momento acercándose y alejándose con todas esas dudas que les invaden.
El protagonista de Pálpitos del tren que no vuelve es alguien que fue como tú y como yo, con una visión del mundo, miméticamente imperfecta, sin memoria, ni fotografía, alguien “que se desviste al beso, a la noche, al recorrido de mi mano entre tus muslos y el mundo”, pues, no cabe duda que “cuando dos cuerpos se unen: se escucha la voz más despacio”