martes, 27 de octubre de 2015

DETRÁS DE MI RETINA a las cuatro y catorce





No, no supongo nada. El miedo va detrás de mí retina.

La peregrinación de los paracaidistas es igual que los labios
de los glaciares cuando ardo y me consumo,
quemando a gritos mi certera orfandad mi fiebre y mi perfume.

Lento es el mundo y más su incandescencia,
aquí un interrogante de vértigos en fuga
por estos corredores, que van jugando con la piel
de los siglos y los trajes de fiesta,
que pongo al maniquí cuando me aburro.

Detrás de lo invisible,
de la prueba de la foto asesina,
de la humedad de las cabezas
que rompen los cristales,
hay una y otra niebla larga en esta noche larga
por la que escapan todos mis demonios.

jueves, 22 de octubre de 2015

LA URNA DE MIS CENIZAS




El futuro es el tiempo que siempre está a punto de ser

Octavio Paz

Luego llega la vida con su traje de niño
y la rodea de ángeles dispuestos a crecer

Laureano Alban



Fuimos la brisa en las venas del hombre
hasta dormir la tarde oscura de la memoria,
hasta ganar al cenit de un único silencio;
esa luminiscencia del mundo que nos quiebra.

Ahora somos la sangre y la sed en los crepúsculos,
la sombra convalecientes de la velocidad,
el rojo manchón de un brusco frenazo,
dos cuerpos dentro de un atardecer:
serenamente, tantos instantes enamorándose.

A veces, en la mesa, faltan palabras
y sobra la voz del televisor.

Como un aficionado a vivir de lo imposible,
me descuelgo por el patio interior
de las monotonías infinitas:
ésas, que para colmo, viven siempre
sin ascensor en el último piso,
ésas, que cada noche al viento se descapotan.

En los pasillos, a la luz cambiante
de algunas carcajadas: me apresuro,
me reinvento, me inicio antes de ahogarme,
en el fuego insolente, del miedo que nos juzga,
en las ascuas burlonas del silencio y la sed:
en los trazados naif del día,
en tantas ocasiones: arrogante y burlón,
rutinario minuto a minuto.

Apenas si llegué del sueño
y ya está aquí, otro digno sol radiante.
Sin duda molestando.

Ignorados: los ojos mestizos del silencio,
únicamente, abren la boca para llorar
en el acantilado de algún sesudo poema.

Este apretón de manos a la tarde,
esta ovación perpetua, este faro y este aliento
que siempre tienen pies de pasear por la mejilla:
serán y serán bien, la urna de mis cenizas.
El misterio de la mañana a punto de verse
en cualquier edificio oscuro,
la sombra de la mano sobre el rostro.

miércoles, 7 de octubre de 2015

LAS MELENAS DEL LEÓN





Las horas, que son pájaros hacia el olvido en los ojos del mundo, parece que pasan de perfil por la llanura, como más despacio; entre nosotros y nuestra sombra, más llenas de alas de ángeles, de semillas de un color tan intenso, que en ocasiones duelen donde acaba su desnudez, duelen como los susurros de todas las mañanas con su música torrencial al fondo. En la mágica fugacidad de la tarde, a favor de la luz hay un anuncio en el que se repiten como afirmaciones vencidas, las melenas del león y su ardiente rugido sin prisas.

En la tierra de las acacias, después de uno o dos lances, con los pies a remojo tras seguir las huellas de esa manada, que incomprensiblemente iba a ser de oro, y que luego, tuvo miedo y se quedo de sangre en las pupilas, de tú a tú frente al cristal de los relámpagos antiguos, mientras se despide el sol que da la mano al horizonte donde todo reposa, no, no resulta insólita la reflexión que sobre las solemnes situaciones mortales se hacían ayer, en el tiempo que tarda en abrirse un semáforo.

Siempre se dijo que aquí, hubo una guirnalda cautiva, las hojas vibrantes de una arboleda masai, la liana por la que se descuelga la aurora, una y otra vez todos los días, más allá, un coro de almas sin horarios, en frente, un manantial de ciudades que descansan sobre el culo terrestre de nuestros balbuceos. En algunos recodos cardiacos de aquellas montañas que adornaron sin duda tu salón, se vestía a la moda el esmalte de la tristeza, la realidad de las narices rotas, las ruinas de un tatuaje en mitad del bosque, el incendio de las miradas y la estética de esas manos, que vienen a gritar, al centro de la retina, los nuevos mandamientos del futuro que nos destrona.

Al final de la jornada, me apoyo sin prisa en el porche y sostengo un baso: una madera tallada, parte del ajuar de la boda, todos los recuerdos que arden al atardecer, frente a vuestros ojos, cazadores de la infinita llanura. La tribu sonrojada de papel y fuego, quiso recibirme enmarcándome en el sentido original de sus tradiciones, sentándome en el ritual, sobre la piel del felino. Me apoyo contra el tiempo, contra las cumbres y los abismos, contra las estrellas, junto a los sueños, exactamente de la misma forma que lo hacía el galán de la película. En las ventanas que se abren al perdón monótono de la niebla, contemplo un paisaje verde elegante y frondoso, escucho las conversaciones del mundo animal, la algarabía de los pájaros poco antes de la cena. Me apoyo en la resaca cómplice de un amor que al otro lado del mundo me comprende y me anima. En ocasiones, a la vuelta, cuando aterrizo, alza los brazos detrás de la cinta negra de la llegada y sonriente, mientras me aproximo se aproxima.

Aquí, debajo de estas nubes que muestran sus edades solo cuando se detienen, dueño de la luz que se filtra y se rompe al remanso poético de estos vinos; vinos de la Dehesa del Carrizal, vinos que aportan a este atardecer, los elementos primitivos de la fauna que me rodea, disfruto con ellos de los sabores del mundo y de esta pasión que sin duda llega delirante de la memoria, como un paréntesis dulce de la polimetría de los besos, de tus labios de bienvenida, de la fiesta del veinticinco aniversario, de los rayos y quejidos del sol a punto de decirnos hasta luego.

Vuelvo a dormir y a despertar en el lecho de la lírica manipulable como los pensamientos huéspedes de algunos dioses. Vuelvo a disfrutar como único intento de volar cenizas, la aventura abecedario de este safari, a conseguir el trofeo que desde siempre tenía en la cabeza, a fotografiar los designios inalcanzables de los cuentos y las leyendas. Y es que suele suceder que en los márgenes del oráculo miro la pieza que no tengo, y sobre ella disparo de memoria, al refugio cómplice de los abrazos, al fondo del Kalahari allí donde se fingen las ideas traviesas, donde se viven los sabores del sonido y la luz, disparo y me vuelvo a dormir

Acaso sea la luz del norte, el motivo verde de todos los escritos. Y este viajar, desde la clorofila de las plantas, al rincón más distante del universo interior de las especies: un tallar el descalabro, y este ir de pata en pata, del corazón a la cabeza: malabarismos, y este ver, como algo secundario en todas las especies la cadena alimenticia; lo verdadero, lo palpable, lo real. Si, tal vez ya esté todo escrito y puesto de mil formas distintas en las enciclopedias, pero seguro que pronto muy pronto, todo lo que es, y lo que representa la caza se sustituirá por cualquier eufemismo.

Ya es hora de ir al sueño. Mañana volveremos a intentar la aventura, mientras en estas sus vísperas, hay una fuente relajante, un movimiento de hamaca adormidera, la inconsciencia de una tentación, el aroma del humo de un cigarro, la serenidad de tu vientre, de tus pechos, de tus caderas, hay un agradable interludio bajo el orden blanco y fugaz de la luna; un orden donde respiro el aire, lleno, nada más que de sonidos hacia la inmortalidad, de la naturaleza, la salvación o el pecado. Sí, es aquí donde inhalo algunas notas del paraíso, donde siento como según entra, tamborilea en los pulmones, donde acumulo noviembres para la gloria. Si, ya es hora de ir al sueño, de morir en él, en un día nublado, en medio de un concierto a la impaciencia, yéndome, al margen de la luz de la vejez a mis cenizas, en pijama, igual que los dibujos animados.

Este viaje lo emprendí sólo con sed de brisas, con el pretexto de encontrar las siluetas del león, esta vez lo emprendí sin preferencias, sin el hombro de la palmada, sin la sonrisa de los desfiles, entrelazando con la arcilla de los caminos, los mapas del azar y así, sorprendentemente, esta soledad que lo envuelve todo, me acerca, ese mundo que otras veces se olvidaba al amanecer, al rocío de la mañana, al calor de la madera; ese mundo que ocupa sin motivos, un instante protagonista, como si ahora que no se tiene, se echase de menos. La mente, siempre inquieta, esconde mecanismos, que engrasados por la soledad se ponen en movimiento.

Y es que entre las piedras, en el centro de todos los campamentos, ardió desde siempre una hoguera para los amigos, para las charlas de confesión, para vaciar un par de botellas, para contar, por contar algo, que estuvimos aquí. No para estar, como se está en casa, no, pues ni tan siquiera en la caricia hay almas superiores, a esas que pueblan el sofá del salón; pero sí, para sentir su pensamiento cálido, en la cuna de las justificaciones.


No sé, si pude ver en alguna ocasión, juguetear al aire de la sabana, las melenas de los leones, o fueron sólo las preguntas urgentes del peligro en la memoria, las imágenes que desde siempre vivieron como un niño travieso en mi cabeza los modelos que al posar al sol, quebraron con sus cuerpos esbeltos, compactos, musculosos y estilizados, la hierba. Leones machos. Leones que desde que llegue me estuvieron llamando. Leones que salían, se acercaban, se mostraban y desaparecían.

Y sucede y sucede, que las voces que digo no me dejan dormir, que me despierto cuando vienen y se derriten en mi puesto, los acordes del luto y el océano, entre dos labios el tam-tam de una estampida, cuando dentro del oído, escucho los rumores de todas las ciudades: Shakira back in black. No entiendo nada. A lo lejos, tal vez excesivamente lejos, en la frontera casi de los suspiros descalzos, os digo adiós, cuando sin duda tendrían que decir: hola, buenos días, ¿Cómo estáis? Pues el eco del mundo que es animal me saluda

lunes, 5 de octubre de 2015

LA PIEL DE LAS CIUDADES



Las manos que son las hojas se despiden y se caen.
Juan Ramón Jiménez


Estas manos silvestres, mis manos apretadas,
mis manos discursivas, mis manos redentoras,
estas manos que rozan: la piel de las ciudades
y las cosas secretas bajo el tanga;
también duelen y lloran y saludan,
y sin quererlo, heredan funerales.

Estas manos inmensas. Míralas,
estas manos que forman universos
palpitantes en las paredes del equilibrio,
estas manos que reman la noche femenina,
que prolongan en el cielo
como canoas de espuma,
el tacto por la piel.
Estas manos que acercan las distancias
en el sueño que toco y no tengo,
estas manos, sin la luz de tus ojos, son frías:
olvidan las vivencias más profundas,
dejan cruzar la calle al ciego solo.