miércoles, 2 de julio de 2014

LA PROLONGACIÓN DE LOS OJOS



Entre la calle y Dios nunca antes
existieron tantas distancias,
tantos metros y metros de historias,
de zanjas abiertas en las aceras.

Entre la calle y Dios asfalto rojo
terremoto donde se hunde
un poco más cada día el ser humano.

Entre la calle y Dios el equilibrio,
la prolongación de los ojos,
una ventana de imágenes sueltas,
todo el crepúsculo que se abre
como una oración al pensamiento,
y se cierra ebrio de cenizas.

Entre la calle y Dios ahora,
mi ventana es la tercera.

Perteneciente al libro DE TODO LO QUE NO SE PIERDE


martes, 1 de julio de 2014

MIGUEL DELIBES CAZADOR




Sé que Miguel Delibes está aquí, aireando en esta hoja sus pensamientos, en el último coto, en plena naturaleza: a la sombra del tiempo de su afición favorita. Sé que desde esta su atalaya, a la luz envolvente de alguna farola, contempla sin pudor el horizonte castellano.

Sé por lo poco que de él se comenta: que ya no caza, que ya no lee, que ya no escribe, que ya casi ni sueña, ni parecen revolotear en su cerebro las perdices del domingo. Y sí, sé también, que en los alrededores de su casa, aún quedan urgentísimos instantes, distintos para vivir primaveras, para matar las moscas del verano, para ilusionar e ilusionarse, con las risas de los niños. Quedan de su mundo los rotos de la voz al final de las nubes, los blancos besos a la luz de un sol que se va, las interminables bandadas y bandadas de plumas e imágenes al alcance solo de su impenetrable entendimiento. Quedan por suerte, las huellas de la planta del pie en sus escritos y en el camino, en ese que siempre nos acerca la distancia que hubo entre el niño y el hombre.
En su cabeza, o acaso solo en la mía, se aparean de dos en dos los recuerdos como las perdices rojas, como aquella señora de rojo sobre fondo gris: su libro y su compañera

Nació como quien dice hace un momento, en Valladolid, a la vuelta del penúltimo suspiro, un 17 de octubre del siglo pasado, el año 1920. Felicidades Don Miguel. Después de tantos años, mucha ha sido la suela desgastada detrás de los trofeos, tanto de caza como literarios.

Por la extensión de su obra e importancia de los premios que se le han otorgado: el Príncipe de Asturias, el Cervantes, el de las Letras Castellano-Leonesas, el Nacional de las Letras, el Nadal. Sí, creo que sería muy fácil escribir unos cuantos ensayos sobre su faceta literaria; sobre su retórica, su estilismo o su semántica. Pero como raro espécimen que soy, desde aquí, desde este mundo incierto del poema, quiero hablar de Miguel Delibes cazador. De aquellos principios de respeto y amor que le inculcó su abuelo, como trato imprescindible con la naturaleza. Quiero revivir esos paseos con la escopeta al hombro por los páramos, por los barbechos y las veredas de castilla, por ese cuerpo de mujer que siempre nos representó a todos. Quiero conversar con la sencillez de sus personajes, mirar al cielo y saber si va a llover, saber si el día es propicio para levantar la perdiz, si la liebre está encamada y por qué. Salir al campo y respirar su ritmo optimista, su cadencia, su imperecedera originalidad, su irreverencia.

Y en mi delirio, el ser curioso que me habita, sabiendo como sabe, el tiempo que hace que dejó de salir al campo, quiere preguntar: ¿cómo son ahora sus días de caza cuando los revive en su cabeza? Y tras meditar un segundo, adivino su contestación, viene a mí a borbotones, en vuelo raso y sin tapujos, abierta y animosa: “Magníficos, -me dice- los mejores. Los que nunca antes me hubiese podido imaginar. Son días casi perfectos, casi sacrílegos, días que llegan a rozar el pecado. Ahora, no se me escapan, nada más, que aquellas que yo quiero. Aquellas que sé, que al instante vuelven nuevamente a mí.”

Es ahora cuando Miguel Delibes se viste de cenizas y se desviste al aire de todos los compromisos, de esos que le vinieron impuestos por la imagen tradicional de la razón, siempre al borde de los labios, al final de las horas, en esta cama invento y reverencia, ánfora azul de la pupila ausente. Hoy descubro al Delibes que rompe la tradición con importantes fogonazos de realidad subversiva, atreviéndose a decir, a decirnos convencido que: “todo progreso, todo impulso hacia delante comporta un retroceso, un paso atrás, lo que en términos cinegéticos, jerga que a mí me es muy clara, llamaríamos el culatazo.”

La caza de la perdiz roja. El Libro de la caza menor. Con la escopeta al hombro. Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo. Las perdices del domingo. El último coto. Diario de un cazador. Son los libros que Delibes ha escrito sobre el mundo cinegético. Toda su vida y toda su obra son un constate lamento, una denuncia de todo lo que atente contra la naturaleza. Él es la propia naturaleza y nos dice que ésta, ya está hecha, y que toda pretensión de cambiarla, es asentar en ella el artificio, y por tanto desnaturalizarla, hacerla regresar. Todo cuanto sea conservar el medio ambiente es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder. Palabras sin duda para la reflexión

Fueron otras mañanas las que llenaron sus ojos de pájaros, pero es este, el mismo sol que ahora nos ciega, el que en tantas ocasiones le hizo rodar las palabras, y errar el disparo. Siempre en su punto de mira está la naturaleza y en el vuelo migratorio de la sed, todo lo relacionado con la caza. La caza es el equilibrio, su ruta de escape, la absolución y la condena. “Escribir sobre asuntos de caza –dice-constituye, en cierto modo una liberación de los condicionamientos que rigen el resto de mi actividad literaria. Si cazando me siento libre, escribiendo sobre la caza reproduzco fielmente aquella placentera sensación, torno a sentirme libre.” Nos atrae y nos vence en nuestro mundo sin herir. La alegría intelectual y el entusiasmo que pone, le compensan las fatigas que soporta

Este artículo apareció publicado en la revista Caza y Safari en su número de octubre del año 2008