jueves, 30 de enero de 2014

HISTOEXPERIENCIA



Su leyenda decía
que nació, sobre un mil,
o un dos mil ochocientos
años cargados de inmortalidades
como cada mañana
con sus muchos destinos.

Y aunque es verdad
que fue después de Buda
y antes, mucho antes de llenarse
de agujeros el rostro
superior de la atmósfera,
sus crónicas, no quedan claras
en mis constelaciones
de siglos y más siglos,
ni se distingue bien,
por qué con él empiezan.

Por supuesto se intuye,
que fue algún día
entre los meses de junio y septiembre,
cuando al calor de los colores,
se llenan de familias
mafiosas las terrazas
y el cielo de relámpagos
sin posibilidades
para ver las estrellas.

Solía venir y venía,
con la envoltura de los lunes,
del juerguista totalmente agotado,
con la siempre apariencia
del trabajador público,
con el rictus de un miedo
que le viste con mandil esmeralda,
con una gran sonrisa
y una bandeja bajo el brazo.

Sí, solía venir del extranjero,
de dar la vuelta al mundo
de una copa o de un vaso,
de Londres, de Palencia de Hong Kong,
del abierto bisel de la hermosura,
de los sueños en las habitaciones
de las muchachas.

Sin quitar ni añadir detalles,
sabemos qué: el fin último
de cualquier recorrido,
es, a la conclusión del movimiento,
el orgasmo de las mujeres,
las que cuelgan pintadas
en la tienda de moda
y se exhiben después
en los museos del amor,
las que desfilan en las pasarelas
de esas cosas vivas aún,
que quieren volver siempre
para jugar en la luna del centro
con ese grillo de la jaula
que come verde los domingos
y sale a divertirse
imitando el susurro
de las citas y el juego
que describen los poetas de Turrialba.

Sí, claro que os lo digo:
dormía en los solares
calamitosos de algunas cabezas,
en el dibujo de una cama
pequeña e insuficiente,
en esa estupidez del jazz inmenso
que como las espinas,
siempre se le atraviesan
en medio de las mil o dos mil notas,
de la garganta con la que alguien
desvela su erotismo
y vomita en la sombra vuelta
de un dios tostado al sol.

Dormía a la intemperie
del ridículo que iba siempre
acumulando
en aquel aire anónimo
de los recuerdos,
con sus propios ronquidos
largamente abrasados
por la úlcera de junio,
ese junio que arropa
con nata sus mentiras.

Sobre todo al final,
me solía venir a ver,
no porque en mí estuviese
la noche repetida,
sino por conseguir
animarle algo,
al ser mucho más tristes que las suyas,
las historias que le contaba.

“Acaso sea solo por costumbre,
pero cuando se apaguen tus latidos,
me resultará muy difícil
tener que soportar
la sed de los luceros
de los cinco retoños
que se visten con faldas
de la sombra del roble
al otro extremo de la luna.
Todos durmiendo juntos
en el cuarto de las calderas.
Tú ya sabes que yo no pago:
ni agua, ni luz, ni gas,
ni quiero ver el duelo
de las columnas que conforman
el mundo de los patios
con las luces de los años noventa,
con esa pizca de invención
a la felicidad.”

Él tenía esa gracia
de los supervivientes
emigrantes en medio
de cualquier ciudad de adopción,
en las que ya no se distinguen
entre los rascacielos
las campanas de sus iglesias.

Sí, su leyenda dijo siempre
que nunca moriría viejo
antes de dar las dos.

lunes, 20 de enero de 2014

DE DIEZ A MIL PUNTADAS POR MINUTO AL AMOR



Una vez que salimos del útero materno, para todos había dioses, con su ir y venir, puesta, de un modo peculiar, los lunes la sonrisa, con la respiración al ritmo de los dedos y las costumbres, contra los bailes de las alas, visibles o invisibles, que rompen con su canto, el cielo caradura de la noche.

Y por favor, perdóname por no ser para ti
estrictamente asombro, los días y los sueños,
las servilletas de papel que limpian las historias,
el matrimonio, los bautizos, el aire trasversal,
que se me va escapando igual que ciertas fechas
y ciertos brindis y ciertas mejillas
perfumadas por el invierno.

Intento negociar igual que si pusiera
serpentinas de lluvia en cada amanecer
y luz entretejida en las fechas importantes

Intento negociar,
con el razonamiento
de un dios en calcetines
cada domingo en la tostada:
refinados detalles,
solo cuatro segundos del cuento que te cuento
frente a frente sin obra, dos actrices,
tres relámpagos sin tormenta,
ese millón de notas
en las que alguien desvela
el principio de alguna insolación
con los mecheros del olvido.

Una vez que salimos del útero materno, queda tanto que hacer, en los que miran solo detrás del para nunca de los escaparates, que es posible, que se den, de diez a mil puntadas por minuto al amor para que nada cambie.

En los días de fiesta hay dioses para todos,
algo en la luz que los distingue
por no tener escuela y levantarse tarde,
por vestir diferente sus mejillas,
por ofrecer hermosos nacimientos
a la felicidad del hombre y sus excusas.

viernes, 3 de enero de 2014

EL TRAUMA DE LOS CELOS EN LA INFANCIA




Hay en la noche una luna
con las piernas de los veinte años,
intencionadamente largas
como mis deudas,
como esa larga alfombra o cabellera
que siempre me reciben seductoras,
con la única intención
de apuntalarme a sus pupilas,
nueve meses después
de nuestro encuentro.

Reconozco que no es fácil reunir en el viento que azota las horas por pasar, los mapas que conquistan mi futuro: confuso hasta el descaro de la veta caníbal, suma dificultades por las que puntualmente me podría perder o acostumbrar a vivir disfrutando: horas y horas, meses y meses, siglos y siglos de amores y discordias.

Sólo para rozar tu cama,
no con las manos sino con mi aliento,
al ponerse feliz todos tus soles,
mientras el mundo se consume
tendré que prometer con la voz cristalina
de las piedras nupciales, casi todo lo escrito
en los tratados del buen seductor.

Y por supuesto que para alguien
del que hablan todas las mujeres,
salvo el valor de mis acciones
cayendo igual que los amigos,
como las cataratas
azules de cualquier cabeza,
ya no sé si le queda nada
que me pueda importar:
ni amor, ni casa, ni trabajo
en el templo inconcluso de los lunes
y aun así, te propongo matrimonio
hincando a tu sandalia mi rodilla.

Esta vieja conciencia sola y en ropa interior, es otra enfermedad que me persigue para mostrarme la ceniza de los cipreses que seguro talé de crío, el trauma de los celos en la infancia, la mano que olvidé lavar para sentirte cerca siempre, todos, todos los días.

Cuando la luna está completa
me sobran los aplausos
que dan las buenas noches,
y a medida que asciendo
hasta la última cumbre
me falta tu presencia.

Por supuesto que fue por no tenerte,
por lo que todos ven,
enfermos terminales
a la luz de los quirófanos,
y en sus meditaciones,
a niños que bebieron
en las últimas horas de los últimos días
la leche con galletas de los héroes,
esos que sin lugar a dudas crearon
para conseguir sus favores,
exquisitos paisajes de damas exquisitas.
Sí, claro que la suerte me acompaña.
Sí, claro que te siento.

De igual forma que mi silueta a la luz de los abrazos, se llena de burbujas y sale a correr los domingos por el jardín de tus heridas, así mi amor así, como si no existiera el mundo, salgo a desayunar, algo descafeinado, sólo y triste sino me añades nada.

Nací en noviembre
en algún rincón de la luna entera.
Y sí, claro que voy a morir
con otra luna entera
algún otro noviembres.