lunes, 28 de octubre de 2013

CUANDO SE LANZAN LOS CUERPOS DESDE LA TERRAZA para ver que sucede



Parecemos hambrientos; digitalizaciones anaranjadas, remanso para los vampiros, para el mar, el perfume de todos los arroyos, diademas de luz de ocasos celestes.

Sí, mi especialidad
es la discordia
y la incapacidad,
casi la misma que producen
esos vasos de alcohol
que adormilan el alma.

Y así, para que ustedes no se enfaden, hablaré con prudente equivalencia, sobre todo de algunos luminosos encuentros entre Kafka, Gustavo y yo, siempre, siempre a la sombra, de su lirismo hostil, de su convaleciente espalda, de esa fuerza que da la cruz de las revelaciones, tendidas todas, más o menos, con esa intensidad de los susurros al principio y las voces agónicas a la conclusión, del paseo por los fallos de la libertad que se abandona como las bolsas de basura en las aceras de todas las calles, de sus cansados ojos, por los que a veces miro corazones de espuma y universos errantes.

Como aún es pronto:
mientras no baje la marea
ni la sopa del plato,
te sugiero realices
esa secuencia fotográfica
de los bañistas
con bikinis de pera verde
en el huerto de las manzanas,
y a la vez que yo miro
justo el vuelo de las gaviotas,
o el pliegue de la nube
de una incineración,
de un siglo negro
hasta doler, lo mismo
que duele el aíre,
si es que se posa en mí;
tu dispara, dispara.

Me inclino igual que si aclamase por tu amor ambiciones, a las tres, a las seis, a las horas exactas en las que hoy en Madrid a pesar de la crisis, se degustan en cientos de locales miles de aperitivos: ecos de risas y brisas distintas.

No soy, pero parezco
ceremoniosamente,
como aquel pintor de balcones:
héroe que rompe la escultura
de un novio, que va de audiencia en audiencia,
buscando para su boda un padrino.

Ya no quedan silencios, ni palabras de luto, ni preguntas que nos envuelvan, ni arpas que lloren este instante en el que sin rencor tengo necesidad de mutilar al delfín de las olas y en sus nidos, a las golondrinas de Gustavo; una a una y otro porqué de todo cuanto, sin lugar a dudas, se debiera decir para luego olvidar.

Me llamo José Carlos
y soy de un territorio
sombrío y corpulento
donde sobran esencias
del café funeral y faltan los aromas
a disparo de las plumas antiguas.

Soy el mar, el mar o cielo cuando se llena de inmensísimos ojos universales, de tranquilidad de olores y sabores a festines en la conciencia. El mar que miro, que me hunde, que me lleva al descalabro de espuma embotellada, desde la orilla al bostezo que se abre al mundo para que todo siga igual, igual o parecido a noviembre, a cercanía o distancia, a diamantes, al lienzo de la infancia, donde revolotean desde siempre, ostentosos nuestros recuerdos.

Soy como aquel estruendo
viejo y rasgado
de los amantes
de cinco a siete pétalos
que invitan a romperse
con la modernidad
de sus motocicletas,
sobre los senos de la historia
humedecida por mis lagrimas

Ahí fuera ya no valen las disculpas, ni el optimismo de las horas coloristas celándose con ese viejo acento insolidario de las comunidades que yo creo, las que siempre nos llevan a las noches de Dios, las que nos faltan o nos sobran.

Para seguir la estela de los tristes acordes, los que sin duda nos quiebran el alma de este invierno finísimo, no sirven las tres o trece virtudes, que anotaron los padres y las madres mientras fuimos creciendo, en el cuaderno de sus ilusiones, ni por supuesto sirven primaveras de gourmet caradura en el plato con su pulso y compás inteligente. Noches de tú a tú, frente a la mesa de un McDonald´s cualquiera.

Ahí fuera, donde siempre
se oculta la ignorancia
bajo el sujetador y los calzones,
se desprenden del boca a boca
algunos resultados
de sobra conocidos,
antes de que termine el día,
antes de que nos vistan
las arañas que se amontonan,
con esa sencillez con que se cierran
los abanicos de la luna,
de casi todos los entierros,
después de disparar
en las alfombras los confetis
que se me ofrecen siempre
por las calles de bienvenida.

¿Me puedes explicar tu nacimiento: erupción totalmente azul en esa sobremesa del olvido, descalzo y silencioso?

jueves, 24 de octubre de 2013

MANO, MANO CREATIVA



Parece como que durmieses
con la solapa del asombro rota,
al lado mismo de un te acuerdas,
de un quizás o un tal vez destartalado,
en los contornos que insinúa el viento,
en ese instante en el que supe
que nunca fuiste mía,
en los aleros de una torre
desde la que se burla Dios de mí.

Sí, sí, parece como que murieses
para no tener que pintar de mi alma
su asesina existencia.