jueves, 30 de junio de 2011

METAFÍSICAS DEL KALAHARI





Sé, que en alguna ocasión, fuimos la brisa de un niño terrible en las venas del hombre. Que después de cenar y decidir en la sobremesa el recorrido de la siguiente jornada, dormimos por rebeldía en la cara oscura de la memoria, y soñamos que cazamos al cenit de un único silencio, esa luminiscencia del mundo que nos quiebra, ese mundo dónde la noche, queriéndolo abarcar todo, estuvo envuelta por un canto largamente herido.

Sé que a la mañana siguiente, deudores de la luz, salimos a disparar tal vez historias empapadas de historia, como meciéndonos en un planeta que fuese aún en pañales, una verde extensión de mapas fingidos, de figuras manoseadas, de fronteras sin vestir, como una necesidad que colorease las mejillas a la luz del asombro, como un gesto común y cotidiano en el otro extremo de la vida.

Sé que una escopeta en las manos, sobre todo apunta al cielo de alguna risotada perenne. Apunta al mismísimo centro de la polémica, a esa que siempre suscita la sinrazón de unos y otros, esa que se viste de camuflaje y circunstancias, de paños transparentes, de claroscuros y olvidos, de aquel que si tú, que si yo de las intrigas y los lamentos.

Pero es que hubo una época acaso irreprochable, en la que todos fuimos jóvenes contra el miedo, una época donde todos los días bebimos rosas de sangre y espera, una época donde apenas, si tenían espacio las preocupaciones. Hoy, que ya casi somos jaspes excesivamente pulido sabemos, por saber algo, que venimos de una herida y delante del espejo cada uno acomoda su postura para vivir los días que restan como mejor se puede, convencidos de que después de nosotros seguirán las mismas discusiones y los mismos desencuentros.

Al descubierto: de tú a tú entre el hombre que soy y el animal que me posee, quiero volver al safari que duerme de continuo en las letras: tanto a las que se deben, como a las que se pagan o se leen sobre la amplia extensión del paquidermo o la jirafa, y desde ellas, desde sus llanuras y valles, desde sus obligadas depresiones, quiero volver a la velocidad fluyente del antílope o la gacela, al tigre moteado siempre de circunstancias diversas, a la metáfora de oro descolorido al cuello del rey león, a ese ciego y calvo animal que reposa y observa desde la piedra, sus memorias de sangre en la mirada, justo en ese preciso momento en que la sabana se quita de golpe su penumbra matutina.

Quiero volver a la triste oligarquía de la noche que extiende su inmensa oscuridad, sobre el lomo refulgente del gato o la pantera, al vuelo armónico de las aves migratorias, a la astucia de la liebre encamada, al conejo casero, al guarro casi inteligente que se escabulle de las trampas del olvido, a ese fastidiar lineal de las curvas de las hienas, a la extensión infinita de las metáforas.

Quiero volver a las formas que dibujan la luz en las pupilas del halcón, al vuelo emergente de su arte milenario al borde del precipicio, al rojo desnudo de la sangre y las palabras que escapan por el hemisferio afilado de los cuerpos; a su latido al otro lado de un cuarto creciente, en las venas de la discordia o la envidia tal vez.

Aquí que descubro mi existencia de espiga en el jardín trasero de algún adosado, quiero mirar con mi cuerpo de atardeceres acaso belicosos, las formas del silencio, los minutos puntuales en que respiré la naturaleza del alba, el destino incierto de algunos hombres y algunas bestias; a la primera línea del bostezo.

No voy a pedir disculpas por ser quien soy ni vivir como vivo, por no vestir el color de tus deseos, por hablar de un día cualquiera de caza, de mi afición favorita, de un entretenimiento casi al azar envolvente de cualquier nacarada pupila. Sé que muchos me critican, me disparan y vociferan con su triple moralidad, pero yo, no voy a pedir disculpas porque sé, que en la mayor parte de las ocasiones, son mis estipendios los que alimentan durante todo un año al guía y su familia. Sí, es cierto, yo satisfago mi ego mientras disparo mi cámara o mi fusil, pero ellos, ellos ponen un plato de comida en la mesa.

Mi conciencia esta tranquila, mi espíritu como el de la montaña, en libertad. Los que me juzgan y condenan, lo hacen disparando despropósitos, confortablemente sentados frente al ordenador, sin ensuciarse nunca con el polvo de los desastres, ni el barro de las riadas, para ellos, su minuto de importancia existe solo mientras están los flashes cerca. Y es que como muy bien decía Baroja: todos somos átomos brillantes de la atmósfera de imbecilidades que recubre este ridículo planeta.

Esto que os soplo en este escrito, es el aire de una contienda, ya lo sé, la prolongación rayada de un discurso en el fuego insolente del miedo que nos juzga, las sombras del tiempo pasado y por venir, una mano tendida a la concordia, al entendimiento, a la doble vista de una jornada amigable; la voz en el rompecabezas de la rutina, los actos imprecisos, en los lances imposibles de alguna representación teatral. Esto que os soplo es un milagro a la sombra de un aperitivo vagamente desnudo.

En este mundo blanco, de almas rebeldes; no estoy solo, nunca he estado solo, siempre hay dos o tres o cinco compañeros que me acompañan, que me comprenden y me dan ánimos, que curan y graban a la luz de la última verdad, mis heridas.


lunes, 20 de junio de 2011

LO QUE NOS QUEDA DE LA VOZ




Narran que sus latidos son promesas
y otros perfumes que al fondo del tiempo
nos vuelven como el tacto de los ángeles.

Cuentan que hay puentes
que se levantan
en la imaginación,
para que crucen los extraños.

Lo que importa no es el miedo.
Lo que importa es la voz. La voz lo que nos queda.

La sombra danzarina del verano
nos descubre el secreto, secreto de la sed.
Los extensos cimientos de la noche:
las huellas del humano creador.

Todo, todo se sucede igual que nos lo cuentan.
Los gritos son pañuelos en los ojos
vengativos de las fotografías.
La tormenta, inquietud del hombre.
El silencio, cenizas en el aire.
Las hojas en el suelo,
certezas del otoño.

Solo queda la voz y el dolor
del amanecer todos los días.

martes, 14 de junio de 2011

ATASCO EN LA M-30

De mi último libro: URBANIDADES




Venía de no ver ninguna senda amigable.
Venía de puntillas por ese recorrido,
que cruza el salón de la casa.
No quise perturbar tu sueño.

Venía de ver las estrellas
de las bragas muy blancas
de esa llovizna que lo distorsiona todo
mientras la noche envuelve los regalos.
Venía de muy adentro
arrastrado por mi soberbia.

Quieto, sin poder ir de frente
para rozar la luz o el abismo,
me dejaba mover por el brillo de tus ojos,
por las ecografías de ofrendas momentaneas,
por los paños distantes de algunas emociones
durante muchos meses engolfándome.
Por el humo de todas las velas trapecistas
que convocan cuando no estás, al cuerpo prostituto,
por el aroma mañanero de un buen café.

Aunque casi no me queda arena en el reloj
al otro lado de la ventanilla,
en el carril de mi derecha
duermes, corona de flores mientras yo despierto.

Aunque no vea la luz del final,
ni tu piel, ni tus manos que alargan mi sonrisa,
ni el horizonte tras pasar la puerta:
parece que una vez más continuamos
poniendo la primera agonía que mueve
el aire de los cielos
para volver a ti.

Te prometí que no correría nunca más,
que nunca iría enceguecido,
ni vendría desnudo del asombro,
que te iba a esperar en los lavabos,
en la parte de atrás del arco iris,
sin prisas, averiado en el arcén.