viernes, 27 de noviembre de 2009

TELEDIARIOS





















Pensé barbaridades,
igual que antes pensaron otros
en la tímida pluralidad de su destino.
Los seres que refleja el cristal
al otro lado del mundo,
vuelven del borde de los días,
a servirnos las mesas.

Pensé a la sombra de un impulso disparatado.
Pensé vestido con el traje de borrachera
del puto Limoncello que lo deforma todo.
Pensé en las rutas del corazón
y en los mapas que trenzan las infancias,
y en las cruces que marcan las sienes tristes del gentío
y en los ojos y los cuerpos hundidos
en las olas de luz inesperada.
Pensé en las formas del aire y descubrí la vida.

Llegue a pensar que con el tiempo
las ceremonias de algunos zapatos,
como las culpas y el poder se debilitan,
que un volteo de faldas
desde la alcoba al sueño de la anécdota:
va por primera vez y se descalza
y ya no vuelve, y ya no piensa.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

LA PIEL DE LAS CIUDADES














Las manos que son las hojas se despiden y se caen.
Juan Ramón Jiménez




Estas manos silvestres, mis manos apretadas,
mis manos discursivas, mis manos redentoras,
estas manos que rozan: la piel de las ciudades
y las cosas secretas bajo el tanga;
también duelen y lloran y saludan,
y sin quererlo, heredan funerales.

Estas manos inmensas. Míralas,
estas manos que forman universos
palpitantes en las paredes del equilibrio,
estas manos que reman la noche femenina,
que prolongan en el cielo
como canoas de espuma,
el tacto por la piel.
Estas manos que acercan las distancias
en el sueño que toco y no tengo,
estas manos, sin la luz de tus ojos, son frías:
olvidan las vivencias más profundas,
dejan cruzar la calle al ciego solo.

jueves, 5 de noviembre de 2009

LA URNA DE MIS CENIZAS

















Fuimos la brisa en las venas del hombre
hasta dormir la tarde oscura de la memoria,
hasta ganar al cenit de un único silencio;
esa luminiscencia del mundo que nos quiebra.

Ahora somos la sangre y la sed en los crepúsculos,
la sombra convalecientes de la velocidad,
el rojo manchón de un brusco frenazo,
dos cuerpos dentro de un atardecer:
serenamente, dos enamorados.

A veces, en la mesa, faltan palabras
y sobra la voz del televisor.

Como un aficionado a vivir de lo imposible,
me descuelgo por el patio interior
de las monotonías infinitas:
ésas, que para colmo, viven siempre
sin ascensor en el último piso,
ésas, que cada noche al viento se descapotan.

En los pasillos, a la luz cambiante
de algunas carcajadas: me apresuro,
me reinvento, me inicio antes de ahogarme,
en el fuego insolente y la caricia, del miedo que nos juzga,
en las ascuas burlonas del silencio y la sed:
en los trazados naif del día,
en tantas ocasiones: arrogante y burlón,
rutinario minuto a minuto.

Apenas si llegué del sueño
y ya está aquí otro digno sol radiante,
sin duda, molestando.

Ignorados los ojos mestizos del silencio,
únicamente, abren la boca para llorar
en el acantilado de algún sesudo poema.

Este apretón de manos a la tarde,
esta ovación perpetua, este faro y este aliento
que siempre tienen pies de pasear por la mejilla:
serán y serán bien, la urna de mis cenizas.
El misterio de la mañana a punto de verse
en cualquier edificio oscuro,
la sombra de la mano sobre el rostro.